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Silvestre Moros, Miguel (Llíria, 1942)

“Siempre he tendido hacia el esquematismo buscando la síntesis como forma de abstracción”.

Silvestre Moros

Experimentado conocedor de las herramientas y materiales sus obras de preciso acabado optan por la pureza de las formas huyendo de lo accesorio. Fiel a una cuidada técnica que muy pronto llegó a dominar durante su formación académica decidió abrirse a las influencias extranjeras que pasaban inadvertidas o conscientemente omitían los académicos de la década de los 50 y 60 encargados de mantener sin mácula el clásico canon. Con apenas veinte años controlaba la figura humana hasta ser capaz de proporcionarla mentalmente. Posteriormente decidió investigar nuevos temas que se acercaban cada vez más al objeto cotidiano. Sin perder nunca de vista la factura técnica y huyendo de los detalles anecdóticos, cultivó una suerte de minimalismo formal que ejercita también en la vida cotidiana y en sus relaciones personales. Un hombre directo, de una gran clarividencia y amplio conocedor de la historia del arte que, como en sus obras, cuida al detalle todo lo que dice y, sobre todo, cómo lo dice. Reservado en lo personal, minucioso en el trabajo, es una persona humilde, cercana y amable. Sus tres pasiones fueron siempre la familia, la escultura y la docencia. Pasiones que ha sabido entremezclar disfrutando al máximo de todo cuanto ha hecho sin grandes pretensiones de trascender públicamente ni preocupaciones excesivas por el éxito económico.

Miguel Silvestre Moros es uno de esos artistas que no puede recordar a qué edad empezó a disfrutar haciendo arte. Desde muy temprano dibujaba incesantemente todos los rincones de la casa desde los detalles arquitectónicos hasta los objetos cotidianos, tema que agotó hasta que careció de sentido continuar con él. Pronto salió a la calle y comenzó a dibujar las calles de Llíria, calles enteras primero, fachadas después con todo lujo de detalles. Con apenas nueve años aprovechaba las lluvias copiosas para proveerse del barro que enlodaba las calles y con él comenzó a modelar sus primeras figuras antropomorfas. Dibujos y esculturas cargados de verismo y minuciosidad que hacían presagiar en aquel niño despierto y constante un buen futuro como artista plástico.

A lo largo de su trayectoria artística ha mantenido siempre la constante de agotar todas las posibilidades de un tema y buscar otros motivos, técnicas y materiales con los que seguir investigando. Sin ir más lejos, su desembarazo del canon impuesto por la Academia al controlar a la perfección la figura humana. De las pequeñas figuras antropomorfas en bronce a los torsos en madera y piedra, de las palomas a las cabezas, de las manos en numerosos materiales al objeto cotidiano principalmente en madera ya sea en esculturas de bulto redondo o en relieves en bronce, las latas deformadas y las chumberas sin perder nunca la curiosidad ni abandonar el rigor en el trabajo, la investigación de la plasticidad y las posibilidades de la materia.

Dos imágenes constituyen principalmente sus primeras referencias escultóricas: la fachada barroca de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción con sus esculturas de piedra caliza y una antigua máquina de coser que pertenecía a su abuela. Dicha máquina de coser de la marca Singer estaba decorada en uno de sus laterales por un relieve ovalado con la cabeza de Medusa en hierro fundido, imagen que el artista observaba, dibujaba y reproducía sobre escayola a una edad muy temprana. Muchos años después contemplando en Florencia las maravillosas piezas de orfebrería renacentista y más tarde visitando la fábrica de Singer en el Soho de Nueva York, sintió la misma emoción con la que, de niño, observaba esa máquina de coser con su hermoso relieve que resultó, por recurrente y evocador, clave en su decantación por la práctica escultórica.

A los catorce años llegó a Valencia. Corría el año 1956 y Silvestre Moros se alojó en casa de sus tíos con la intención de estudiar en la Escuela de Artes y Oficios. Durante el curso compaginaba sus estudios con el trabajo en un taller de imaginería. Este doble aprendizaje, maximizando el tiempo y exprimiendo cada oportunidad le permitió desarrollar un hábil manejo de las herramientas y materiales escultóricos. Al año siguiente, como en una funesta broma del destino, el barro que en su niñez le había brindado la lluvia para sus primeros modelados amenazaba ahora los cimientos de la Academia. Tras la trágica riada que desbordó el río Turia participó activamente en las tareas de limpieza del Museo de Bellas Artes San Pío V que había quedado desastrosamente embarrado.

En 1959, acabados sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios, ingresa en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos. Los profesores, anquilosados en una concepción del arte fuertemente conservadora no satisfacían las ansias renovadoras de sus alumnos. La enseñanza era entonces estrictamente academicista, caracterizada por un escaso dinamismo, pobres planteamientos programáticos y una exasperante escasez de recursos. Imperaba un gran vacío informativo en el que no se estudiaba el arte moderno que desde hacía años se daba en Europa y Estados Unidos. Los estudiantes de aquella época se hallaban en San Carlos fuera de tiempo y debían empeñarse de manera autodidacta para conocer los diferentes movimientos artísticos que había dado el siglo XX. Constantin Brancusi, Henry Moore, Alberto Giacometti o Barbara Hepworth por citar algunas de sus influencias eran artistas reconocidos en todo el mundo y que, sin embargo, los alumnos de Bellas Artes no conocieron hasta que sus inquietudes personales les empujaron a salir fuera del país. Por otra parte, la posibilidad económica de salir al extranjero era un privilegio que sólo unos pocos podían costearse.

Habiendo recibido el Premio de Escultura de la Dirección General de Bellas Artes por dos años consecutivos (1963 y 1964), en 1964 realiza un viaje de estudios a Italia  donde visita al escultor Francesco Messina en su estudio de la Facultad de Bellas Artes de Milán quedando fascinado por la plasticidad de su obra. Aquel viaje a Italia, país que no ha dejado de visitar a lo largo de los años, hizo crecer en él su admiración por el arte del Renacimiento, de los frescos de Masaccio y Giotto a las esculturas de Donatello y Miguel Ángel, pasando por Luca y Andrea Della Robbia, visitando durante horas el Museo del Bargello y la Capilla de los Medici de Florencia. Ya finalizada la carrera de Bellas Artes, especializado en escultura, le es concedida en 1966 una Beca del Ministerio de Educación y Ciencia de Preparación a Cátedra adscrita a la asignatura de Modelado del Natural de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos. Durante el transcurso de esta beca (prorrogada en el año de 1967) es Pensionado de Escultura por la Diputación de Valencia ejerce como Profesor Ayudante de dicha Cátedra y, al año siguiente, se incorporó a la recién aprobada plaza como Profesor Agregado de Dibujo de Instituto Nacional de Enseñanza Media. Tras haber ejercido la docencia en La Vila Joiosa (1968-1969), Crevillente (1969-1972) y Requena (1972-1979), ha pasado los últimos veinticinco años en el IES Benlliure de Valencia hasta su jubilación en 2003, primero como Profesor Agregado y más tarde como Catedrático. El IES Benlliure de Valencia mostró durante la transición democrática una especial inquietud cultural, participando activamente en multitud de iniciativas y promoviendo actividades de carácter reivindicativo, convirtiéndose así en un instituto emblemático de la ciudad. El itinerario artístico de Bachillerato se implantó en el instituto en el curso 2000-2001 y Silvestre Moros afrontó, como Jefe de Seminario, el reto de la puesta en marcha del Bachillerato de las Artes luchando concienzudamente por mejorar la dotación y el equipamiento del centro. Trabajo que fue recompensado con la ilusión y motivación de los alumnos del centro que demostraban una gran capacidad técnica, creativa y conceptual.

Durante los años setenta se da su período de mayor participación en concursos y exposiciones, obteniendo diversos premios y galardones entre los que destacan el Premio Senyera de Escultura del Ayuntamiento de Valencia en el año 1973 y el Primer Premio Jacomart de Escultura en el IIº Salón de Primavera de 1975. Al mismo tiempo sus obras son seleccionadas para la Exposición Nacional de Arte Contemporáneo de Valencia en 1972, la IVª Bienal Internacional del Deporte en las Bellas Artes de Madrid y la IIª Bienal Nacional de Arte de Pontevedra en 1973, el XXXIIIº Saló de Tardor de Palma de Mallorca en 1974 y la IIª Bienal Internacional de Arte de Pontevedra en 1976.

En esa época realizó además dos exposiciones individuales en la sala de la Caja de Ahorros de Elche (1972) y en la galería Xiner de Valencia (1975). De aquellas exposiciones subraya la prensa local la sobriedad y el gusto por la pureza de las formas sin menoscabo de la expresividad de sus esculturas. Esculturas que reciben numerosas alabanzas de la crítica que habla de Silvestre Moros como un auténtico modelo de síntesis y economía de medios que maneja a la perfección la racionalización espacial de los volúmenes. Durante esa época había obra suya en los fondos de varias galerías valencianas como Arts o Xiner hasta que decidió desvincularse del mercado del arte por voluntad propia.

Pese al aislamiento y la represión de la dictadura franquista, es mediante las lecturas autodidactas y los viajes al extranjero como entra en contacto con la escena artística internacional. La transición democrática supone un soplo de aire fresco que resume de la siguiente manera: tras décadas de censura e inmovilismo cultural, la transformación en un estado democrático vino seguida de una euforia cultural que intentaba paliar las graves carencias y limitaciones derivadas del régimen dictatorial. Es tiempo de obligada reflexión en la que busca nuevos caminos y planteamientos creativos. Poco a poco comienza a interesarse por el objeto cotidiano que descontextualiza y produce en distintos materiales como la madera, la escayola tallada o la piedra y que, posteriormente, le sirven para realizar piezas corpóreas y relieves en bronce. En 1975 realizará un nuevo viaje de ampliación de conocimientos, esta vez a París, en donde visita por primera vez el Musée d’Art Moderne que supone un revulsivo, una sacudida emocional para el artista. Allí descubre algunos de los escultores que habían cambiado la historia de la escultura del siglo XX y que habían sido omitidos en los años de su formación académica: la síntesis y la estilización de Constantin Brancusi, las esculturas en hierro de Julio González, el arte cinético de Alexander Calder, la tridimensionalidad y el uso del color de las esculturas de Henri Laurens, las formulaciones cubistas de Jacques Lipchitz, poniéndose al fin en contacto con la realidad artística contemporánea.

Otro de los momentos que recuerda con admiración es su viaje a Grecia en 1993 en donde constata el innegable valor de los antecedentes culturales como referentes necesarios para el arte contemporáneo y lo refleja en sus notas recordando cómo la visita a la exposición del Tesoro de Atreo o Tumba de Agamenónen el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, con aquellas diminutas estatuillas en bronce y oro del siglo XIII a.C., fue para él como estar ante una exposición de Alberto Giacometti. Esas joyas del arte micénico eran más Giacometti que el propio Giacometti. Pero el momento más sugestivo para Silvestre Moros se da durante un viaje en 1997. A cuarenta kilómetros al norte de Londres, en Perry Green, un pequeño pueblo de Hertfordshire, visita la Henry Moore Foundation en donde queda embelesado por las cerca de treinta hectáreas de colinas en donde conviven esculturas en bronce de todas las épocas y tamaños con grandes rebaños de ovejas. Allí conoció en profundidad la obra de Moore y visitó los distintos talleres que utilizaba en función del volumen de la escultura que iba a crear.

Casado en 1974 con Maribel García Márquez, del matrimonio nacieron dos hijas, Laura e Isabel. En 1996 la muerte de su hija Isabel supuso una insoldable brecha en su vida. Una profunda amargura de la que intentará reponerse a través de una nueva serie escultórica, Latas, que combina el Arte de Acción con la escultura del Realismo Extremo. Comienza a interesarse por los golpes, las magulladuras en los objetos metálicos. Objetos que encuentra o que él mismo estruja, contrae, deforma y reproduce en madera tallada con un enorme virtuosismo técnico y un gran cuidado por el acabado.

Al mismo tiempo comienza un proyecto de aproximación al Land Art. Un amplio terreno en barbecho propiedad de la familia en el término de la Contienda del cercano municipio de Marines que decide transformar en una gran escultura. Un enorme empeño de Arte Procesual en el que lleva trabajando cerca de quince años en continuo diálogo con la naturaleza con el fin de vivir tan dilatado proceso creativo en una íntima relación entre la obra y el artista. Como un Sísifo en constante esfuerzo, el artista ha desbrozado de aliagas y arbustos y ha despedregado los 4.000 metros cuadrados de extensión con la sola ayuda de herramientas preindustriales tales como azadas, hoces, capazos y rastrillos en un trabajo constante y generador de una excitante adrenalina. El hallazgo fortuito de una azada oxidada fue el comienzo de esta titánica labor que un solo hombre ha estado llevando a cabo los últimos tres lustros. De manera minuciosa y calculada, comenzó por dividir el terreno en parcelas de cinco por cinco metros y levantó cuarenta conos de piedras amontonadas que sumaban un total de noventa toneladas reubicadas a capazos. En el terreno el artista ha intervenido un algarrobo seco con la ayuda de su esposa Maribel eliminando ramas secundarias, dejando las fundamentales y pintando con grandes franjas de colores que resaltan vivamente entre el verde de los árboles y el marrón oscuro de la tierra. Otra de las piezas ubicadas en el terreno es una columna de color ocre anaranjado de hierro de seis metros de altura con base de hormigón coronada por una escultura cilíndrica envuelta de conos de menor tamaño que asemeja un Sol esquematizado y que está dedicado a su nieto Miguel. El carácter procesal de la obra ha quedado testimoniado en distintos documentos videográficos y bocetos. Una obra que sigue creciendo y que, próximamente, se verá enriquecida con nuevas esculturas que el artista pretende instalar en el espacio como en una especie de parque escultórico. 

Al margen de la escultura, los otros dos pilares fundamentales en su vida son y han sido su familia y la docencia. El ejercicio de la escultura y de la enseñanza se han beneficiado mutuamente del saber adquirido en cada una de ellas. La juventud de sus alumnos le ha supuesto una inmejorable carga energética a lo largo de sus treinta y cinco años como profesor de dibujo y una gran satisfacción en el diálogo artístico y vital con ellos. Por otra parte, el ejercicio de la docencia le ha permitido la libertad de desarrollar su producción artística sin necesidad de pensar en el mercado.

A lo largo de sus casi cincuenta años de trabajo escultórico ha participado en numerosas exposiciones colectivas en la Sala Municipal del Ayuntamiento de Valencia (1978) en el M.I. Ayuntamiento de Llíria (1979 y 1980), en la XVª Feria Internacional de Arte en Metal de Valencia (1980), en la Casa de Cultura de La Vila Joiosa (1982), en la Fundació Bancaixa con motivo de la exposición 25 anys de Pintura i Escultura (1998) y, recientemente, en las muestras Art Ben Lliure. Memòria Artística d’un Centre d’Educació Pública, en el Centre Cultural La Nau de la Universitat de València en el año 2009 y en la exposición La mirada escultòrica: Silvestre d’Edeta, artistes i mestres organizada por el M.I. Ayuntamiento de Llíria y la Facultad de Bellas Artes de San Carlos de la Universidad Politécnica de Valencia con motivo del homenaje de la ciudad de Llíria a Silvestre de Edeta en el centenario de su nacimiento. Sus obras se encuentran diseminadas por numerosas colecciones particulares y forman parte de la colección del Museo Histórico Municipal de Valencia, de la Diputación de Valencia y la Sociedad Unió Musical de Llíria.

 

Manuel Garrido Barberá
Comisario y Crítico de arte